Todos pertenecemos a una red de relaciones a lo largo de nuestra vida: la familia de origen, la familia ampliada, las relaciones libremente elegidas, las profesionales, la de pareja y otras relaciones menos directas pero que también nos atañen….
En estas interacciones con los demás pueden darse diferentes necesidades: la necesidad de vinculación, la de seguridad, la de relacionarse íntimamente con los otros…..
Pero hay mucha vida dentro de nosotros (pensamientos, sentimientos ) que nunca compartiremos. Y existe todavía una intimidad más íntima y profunda en nuestro ser que se abre a lo eterno que corresponde a nuestra realidad más honda.
Esta es una de las tensiones más dolorosas y fecundas de la vida. Moverse entre la necesidad del encuentro y la de mantener cierta distancia, entre la diferencia y la unión…..Abrimos nuestro mundo interno para que otros puedan conocerlo pero esto nos sobrecoge, pues nos mostramos vulnerables.
Soñamos con una relación perfecta, que otro nos entienda y nos llene por completo, que nunca nos produzca daño o temor.
Cuando las fantasías chocan con la realidad, y esto sucede sobre todo en las relaciones en las que se entra en una fase de mayor conocimiento podemos experimentar un brusco despertar. Este ideal de armonía y convivencia que se basa en imágenes arquetípicas de totalidad, lleva asociado un componente de separación y de conflicto.
Jung afirma, y toda la psicología profunda, que no podemos alcanzar una individuación sin establecer relaciones. Pero una relación no consiste en la fusión de dos individualidades en una, una especie de fenómeno de simbiosis (aunque las relaciones íntimas puedan empezar así).
Sin darnos cuenta, proyectamos en el otro muchas necesidades no cubiertas en nuestra historia y parte de nuestro mundo interno que nos cuesta asimilar, la sombra, en terminología jungiana. Cuando las proyecciones inconscientes se rompen, ambas personas pueden empezar a darse cuenta y a aceptar la verdad interior de su propia naturaleza y las heridas no sanadas que se interponen en nuestro contacto con el otro.
Tan difícil como este proceso de separación, es la toma de conciencia y el sacrificio de nuestras proyecciones inconscientes, pero desde ahí se comienza una etapa de auténtico amor e intimidad entre dos personas. Y ese deseo de unión e integridad que se proyecta en la relación con el otro, ahora debe conquistarse en el interior de cada cual, sin que ello suponga aislarse de los demás.