Las personas que sufren dolor crónico atraviesan diferentes circunstancias que determinan importantes cambios en su vida. Cambios no deseados la mayoría de ellos.
Han de afrontar la pérdida, pequeñas «muertes» que suponen soltar…Soltar un cuerpo que funcionaba bien, un trabajo que les aportaba un rol social, un papel en la familia que también cambia pasando a ocupar un lugar de «enfermo»…Afrontar el propio cansancio y el de los seres queridos en un proceso largo para el que los médicos hablan de cuidados «paliativos» para el dolor crónico, ya que los analgésicos lo calman en ocasiones y en otras no…
También supone enfrentarse a un sistema social y sanitario «difícil«, en el que han de luchar, muchas veces legalmente para que su incapacidad sea reconocida, enfrentarse a los diferentes especialistas médicos que los ven sin coordinarse en ocasiones…
Y todo ello afrontando el día a día con dolor a veces de manera muy aguda e incapacitante.
Cuando estas personas llegaban a mi consulta, una especialista más, eran personas con una serie de necesidades:
– Ser visto. Ser visto, en su originalidad, en su peculiaridad, en la complejidad de su situación vital actual.
-Ser escuchado. Permitir que esa persona tuviera un espacio para decirse. Para expresar no sólo su dolor, sino el sufrimiento que ese dolor le originaba en distintos niveles.
-Ser acogido. Permitirle tener un espacio donde sintiera que podía mostrarse, donde podía desvelarse.
Un lugar donde poder salir del aislamiento en que muchas veces el dolor le encerraba. Un lugar donde tener un anclaje seguro.
El reto de escucharlos como médico no era sencillo. Había mucha carga emocional, mucho sufrimiento acumulado, emociones encontradas en ocasiones…..A lo que se unía la impotencia por no poder “hacer nada” por encontrar una solución a la encrucijada de sus vidas.
Y la pregunta que se suscitaba en mí, cuando los escuchaba, ya no sólo como médico, sino como persona …¿Qué se puede hacer cuando no “se puede hacer nada”? ¿Cómo “empujar”, ayudar a movilizarse a personas que a veces están enrocadas en un dolor físico y emocional?
Muchas de ellas presentaban asimismo procesos de duelos que estaban encronizados e inacabados por sus circunstancias vitales.
A veces sentía impotencia y frustración frente a estas personas, y comprendía porqué muchos de mis colegas frente a estos pacientes, se sienten abrumados…. la medicina tecnológica y científica “basada en la evidencia” y la resolución superespecializada de los problemas no está preparada para estos pacientes con cuestiones “difíciles” de resolver.
Así, la respuesta a esta pregunta y a mis emociones me vino dada un día en forma de intuición:….»Bueno, si no se puede mover una roca, al menos me puedo sentar a su lado…..Me puedo parar y escucharles…sin la obligación de darles respuestas o soluciones».
«Puedo acoger esta impotencia y transformarla en paciencia, en mirada cálida….puedo crear un espacio donde estas personas a su vez puedan escucharse unas a otras…..y se sepan entendidas por otras personas que viven un proceso similar.
Puedo también acompañarles y trasmitirles herramientas que les sirvan a su vez para acompañarse a si mismos.» Es cierto, que no deseaba fomentar una actitud victimista ni individualmente ni como grupo, sino más bien favorecer un lugar donde poder escucharse y acompañarse mejor.
Y así surgió la idea de crear un espacio para realizar en grupo un proceso de acompañamiento del dolor crónico.
En este contexto pudieron expresarse factores existenciales tales como la soledad, el aislamiento, la falta de sentido de algunas personas, la desesperanza, la incomprensión del sentido del dolor…El encuentro con otras personas básico, íntimo que tiene ya de por sí un valor intrínseco, ya que proporciona una presencia y un «estar con otros» frente a las duras realidades existenciales.
Y por otra parte poder poner luz a aquellas dificultades personales para el proceso de aceptación de la realidad actual: los sistemas de creencias respecto al dolor, juzgar y etiquetar las cosas como buenas y malas, los mecanismos de rumiación y catastrofización que generan un bucle de sufrimiento, la dificultad para tolerar estados emocionales internos (culpabilidad, impotencia, juicio, frustración…), las preguntas sin respuesta : ¿Por qué a mí?, los mecanismos de evitación para sentir lo que siento (evitación, escalada de analgesia, adicciones…)
Cuando el dolor es inevitable, lo único que queda es cuidarse amorosamente.
El cultivo de la atención plena al momento presente, y la práctica de la compasión, que se fue desarrollando en el proceso ayudaron a permitir que «este momento» se expresara tal cual era, sin las historias que la mente crea alrededor y el sufrimiento secundario, añadido al primario (dolor).
Ayudaron a transitar la ternura y la compasión conmigo mismo «porque lo estoy pasando mal», a acoger el dolor «sólo en este momento» y de ver si soy capaz de acompañarlo «ahora». A rendirse a este momento, no a la historia a través de la cual lo interpreto.
«Quizás no se pueda cambiar columna dañada, ni el dolor neuropático…..pero sí puedo cambiar la relación que mantengo con el dolor y aliviarme.»
Se trataría de ir desarrollando un despliegue de la ternura que es un potencial inherente al ser humano, fundamental en el proceso de su desarrollo.
El cuidado es la expresión básica de la ternura. La ternura no es sensiblería, sino un compromiso serio y una decisión de amar y amarnos responsablemente en las diferentes dimensiones de la vida.
A nivel neurobiológico, la compasión y la ternura se basan en el sistema de apego de los seres vivos. Este sistema del cuidado es la base biológica sobre la que se sustentan las conductas y sentimientos compasivos.
Aprendiendo a tratarnos con bondad y compasión podemos cooperar con la fragilidad…Es posible encontrar pequeños oasis dentro del dolor..
Y también permite acoger las resistencias que las personas tienen hoy al dolor, a admitir el que no puedo acoger hoy el dolor en mi vida, pero sí me puedo resistir un poco menos……
La compasión, el cuidado de lo pequeño, es la dimensión femenina de la divinidad. Es una fuerza suave, que no hace ruido, pero que restaura y regenera desde las entrañas….desde lo más profundo del ser humano.
El poner atención precisamente a lo pequeño a lo cotidiano, tiene un potencial “fenemino” de dar a luz a la vida….aquella vida retenida y anegada en el fondo del ser de las personas por sus procesos biográficos….es el poder transformador de una fuerza suave…al alcance de todos los sres humanos, hombres y mujeres. El amor es lo que verdaderamente sana al ser humano.
«Me cuido porque sufro”, es la elección consciente a la que intentamos aproximarnos en estas prácticas y en el grupo……
En este proceso, no descartamos, que quizás un día, la investigación médica, pueda llegar a encontrar un fármaco, o una técnica que ayude a paliar o a eliminar incluso su dolor. Alimentar la esperanza de una forma realista y bien conectada a la posibilidad real de hoy.
Como terapeuta y persona que acompaña a otras la experiencia de este grupo ha sido muy valiosa.
Resonaba en mí el paradigma del “sanador herido” como modelo de intervención (H. Nouwen)
No es posible acoger la fragilidad , la vulnerabilidad, el dolor sin antes haber acogido y cuidado las heridas propias, la propia vulnerabilidad.
Desde este lugar de acogimiento y de progresiva integración de los “dolores propios”, mi fragilidad es un recurso que me flexibiliza y me ayuda a acoger y acompañar la vulnerabilidad de los otros.
Y desde mi experiencia, esta mirada compasiva a mi propia vulnerabilidad, sin negarla ni sublimarla, sino acogiéndola como parte de mí, me ayuda a “encarnarme” , a no reducirme a ella, y a seguir descubriendo y potenciando los recursos y la fuerza.
Escuchar a estas personas me ayudó a abrirme a la capacidad de escuchar mi propio dolor con coraje, a hacer de la dificultad una oportunidad para seguir madurando. A tomar conciencia de que la vulnerabilidad es inseparable de la condición humana y que esto permite que la persona no sea insensible al sufrimiento ajeno. Esa conciencia me colocaba en una relación de simetría con el otro, aunque como terapeuta, no padeciera dolores crónicos físicos.
También he podido aprender que a pesar de que las cosas externas no vayan del todo bien, es posible vivir con sentido.
También aprendí que la aceptación del sufrimiento permite una mayor libertad interior y de que de ahí brota también la capacidad de ser compasivo con uno mismo y con los demás, la alegría y la búsqueda de nuevos “sentidos” a la vida.
Como médico, como psiquiatra, este acompañamiento grupal, me ha llevado a ser más consciente de una de las tareas de la medicina como un bien social: «Una tarea del cuidar». Una dimensión en la que es fundamental atender al que sufre con respeto, diligencia, responsabilidad y una actitud acorde a los valores humanos de dignidad.
Y comprender, que cuando no se puede curar, quizás se puede seguir sanando…….