El deseo de intimidad en la persona es una vivencia que es difícil de describir porque da cuenta del encuentro entre dos personas y sus raíces se remontan a la vivencia personal del contacto con otros en nuestra historia, desde la comunicación en los primeros meses a través de la sonrisa, hasta los diferentes modos de ser en la relación con otros.
Hay diferentes tipos de intimidad, aunque la que más se sobreentiende tiene que ver con el sentimiento de encontrarse en el mismo espacio mental y emocional que la otra persona y con poder alcanzar al otro en su mundo afectivo y en sus pensamientos para provocar una resonancia que posibilite la vivencia de estar y compartir juntos según lo expresa de una manera hermosa el psicoanalista Hugo Bleichmar.
Pero también hay personas en las que este sentimiento de intimidad se alcanza a través de sentir el cuerpo del otro. No necesariamente siempre a través de la relación sexual, también desde el contacto físico de un abrazo, de una mirada. También en la realización de una tarea común puede llevar a sentir una intimidad con el otro.
La intimidad es un fenómeno humano inclusivo. Lo importante es el encuentro especial con alguien con quien se comparte el mundo interno subjetivo sin perder la vivencia de ser dos seres separados que a la vez de están en un espacio común
¿Por qué se busca la intimidad? Quizás una buena razón es la necesidad de la persona de ser confirmada en el sentimiento de que existe, en la validez de los pensamientos y emociones.
El ser humano se construye a partir de otro. El niño requiere la mirada de los padres para que su mundo emocional se pueda entender y consolidar . Como adultos necesitamos todavía que otro nos re-validen los sentimientos, pensamientos o acciones, es decir desde su escucha y su respuesta, el otro nos ayuda a afianzar internamente nuestras intuiciones, sentimientos, deseos. También nos ayuda a clarificarnos en nuestras contradicciones.
El placer de la intimidad tiene que ver con ese reconocimiento. No es un borramiento de uno mismo, sino una afirmación del ser en el encuentro con otro que confirma a la persona y sus vivencias.
Dejarse ver sitúa a la persona abierta a cierta vulnerabilidad, y esto asusta. Es necesario un nivel de confianza en el otro que permita dicha apertura. Sin embargo , quien se permite dar este salto amplía su horizonte personal y puede darse en este intercambio un mayor afianzamiento y un crecimiento generador de más vida.