Decía que la quiebra, la fragilidad, nos da una oportunidad de profunda transformación si nos abrimos a vivirla.
Esta quiebra, nos hace pasar de una autosuficiencia basada en el orgullo y de la omnipotencia narcisista a otro lugar. Ya no podemos manipular o controlar la realidad como antes lo hacíamos, y nos sitúa frente a una realidad nueva a la que nos asomamos a veces con miedo, con incertidumbre, con confusión.
El camino empieza viviendo lo que nos ocurre con menor resistencia, que es el primer paso de la aceptación, acogiendo todo el mundo emocional, las creencias que nos acechan, nuestro cuerpo herido, nuestra vacío respecto al otro….
No nos dañan los sentimientos negativos, sino la resistencia a sentir…que multiplica el sufrimiento. El dolor aceptado y no rechazado se libera y nos ayuda a madurar porque se libera la vida bloqueada.
Hace falta valor y escucha del anhelo más profundo que nos lleva a actualizarnos, no desde un perfeccionismo, sino desde el deseo de ser de verdad quienes somos. Por eso es necesario pararse ante situaciones que nos provocan dolor y no escapar de los sentimientos que nos producen ( a veces hacemos muchas cosas para evitar sentir el dolor) . A veces encerramos el dolor a muchos metros de profundidad de nuestras vidas y eso nos impide conectar con la vida que nos rodea.
Es importante despejar la realidad de mis ideas, creencias, juicios y pre-juicios de cómo deberían ser las cosas… Esquemas que nos hemos formado de la realidad y cuando ésta no encaja nos sentimos enfurecidos, impotentes….: “Esto que está ocurriendo no debería ser, no debería ocurrir así”. Todo aquello que nos impide aceptar las cosas tal cual son….No hablo de resignación, ni de conformismo….sino de luchar internamente porque las cosas no deberían ser de ese modo.
Es un momento de humildad, de reconocimiento de nuestro “hummus” con sencillez, con verdad, con conocimiento de sí.
“No estamos solos”. Es una experiencia profunda en toda crisis. En este camino muchas veces doloroso se necesita una mano que nos coja, un abrazo que nos sostenga, un aliento que nos acompañe, calme, de sosiego.
Alguien que quizás también movido desde las entrañas por su experiencia de su propia fragilidad, que ha experimentado en su propia vida este ser vulnerable, pueda ayudarnos en este camino.
La respuesta al dolor es la compasión. Es la respuesta de la supervivencia de la especie biológica, pero es también la respuesta que nos ayuda a crecer. Cuidar amorosamente lo frágil tiene una dimensión transformadora.