Soltar es uno de los aprendizajes más delicados y profundos de la existencia humana.
Durante la vida aprendemos a sostener, a proteger, a construir y a retener. A cuidar lo que amamos, a defender lo que consideramos valioso. Pero rara vez nos enseñan a soltar, a permitir que algo se vaya, a liberar algo que ha cumplido su fin.
La vida, sin embargo está hecha de ciclos y en ellos todo cambia y se transforma. Y cada cambio nos invita a veces suave y otras bruscamente a dejar ir. Cuando esto ocurre suele aparecer una emoción profunda y universal: el miedo.
El miedo es esencial en la condición humana. Nos protege del peligro, nos mantiene a salvo, pero también se activa cuando sentimos que estamos perdiendo algo que implica seguridad, identidad, pertenencia o sentido.
Es una emoción legítima, que nos protege, pero cuando no sabemos relacionarnos con él puede ser un territorio lleno de dureza y exigencia.
Cuando necesitamos soltar algo (una relación, una creencia que ya no encaja, un rol que deja de tener sentido, un hijo que vuela solo…) el miedo se intensifica porque estamos entrando en un territorio incierto.
El miedo nos hace preguntas difíciles: ¿Quién soy yo sin lo que estoy soltando?¿Seré capaz de sostenerme? ¿Y si lo que viene no es mejor?¿Y si el vacio duele demasiado?. Son preguntas honestas.
Desde una mirada existencial y espiritual, el miedo que no bloquea ni paraliza, puede ser mirado como un maestro. Quiere mostrarnos algo: qué necesitamos cuidar, que parte nuestra se siente vulnerable o amenazada. También nos orienta hacia las cosas a las que todavía nos aferramos, donde hay rigidez, que parte de nosotros sigue buscando el control o la seguridad.
La compasión nos ofrece otra forma de habitarlo. El miedo no nos hace débiles, nos hace humanos. Mirarlo con compasión suaviza su intensidad.
Es una emoción que merece un espacio digno donde poder expresarse sin ser rechazada, juzgada o relegada a la sombra.
El primer paso es aceptar lo que sentimos, lo que se mueve dentro de nosotras. Significa mirar la realidad tal cual es, es un acto de valentía.
El segundo paso es sentir. Permitir que el cuerpo exprese lo que a la mente a veces le cuesta. El miedo se manifiesta en el pecho que se encoge, la respiración que se acelera, el estómago que se cierra, los hombros que se tensan, el sueño que no viene…el cuerpo habla y sabe.
El tercer paso es poder nombrar lo que me ocurre: “estoy asustada” “siento presión” “estoy agotada mentalmente”. Esto permite que la emoción tome forma y disminuya su intensidad.
Regular la intensidad a través de respiración lenta, de conectar con el cuerpo.
No buscar resolver pronto la situación, sino aceptar el ritmo interior evitando patrones que pueden alterarlo (dramatización, evitación, negación).
Intentar explorar el mensaje del miedo. ¿Qué parte de mí se siente en riesgo? ¿Es mi deseo de control, el miedo a equivocarme, la niña interior que teme todavía a no ser suficiente, el miedo a la soledad? Comprender y dar dignidad a la emoción como signo de humanidad y no de fragilidad.
El cuarto paso es integrarlo, reconocer que el miedo es un visitante, no el dueño de nuestra casa. Esta emoción puede convivir también con la humildad ante lo que cambia, con la confianza en que podemos sostenernos aún sin certezas absolutas.
Soltar es un movimiento silencioso y profundamente espiritual. Es una acto que requiere coraje, paciencia, ternura, escucha. No siempre es inmediato. Normalmente es lento, como la fruta que cuando está madura cae. A veces es doloroso, como arrancar una vieja raíz. Pero siempre es un acto de libertad. Un acto de verdad y amor hacia nosotras mismas.