El  perdón, una aventura humana y espiritual.

El perdón no es un acto de voluntad, sino un camino más o menos largo en función de la herida.

Perdonar no es solo liberarse del peso del dolor, sino liberarnos del daño que se nos causó y de la atadura a quién lo realizó, caminando hacia una mayor libertad.

En su fase última el perdón  no depende solo de la voluntad o de la emotividad sino que emerge del fondo del ser. Por eso es un viaje al interior del corazón que une aspectos psicológicos y espirituales.

Hay una serie de pasos que ayudan en este camino, aunque no dejan de ser un mapa del territorio y cada persona lo recorrerá desde su singularidad.

Pasos hacia el perdón:

-Identificar la pérdida para hacerle el duelo:

Es importante delimitar tu pérdida hasta poder nombrarla y hacerle el duelo. Algunos valores que han podido sufrir daños son: Tu autoestima, tu reputación, la confianza en ti mismo, tu fe en el otro, tu apego a algún familiar, tu ideal, tu sueños de felicidad, tu necesidad de discreción sobre tu intimidad, tu honestidad, tu propio cuerpo vulnerado.

Un bloqueo persistente en un proceso de perdón puede proceder a menudo de alguna vieja herida que aún sigue abierta. Estas heridas son inconscientes y la situación actual reaviva una vivencia no cerrada. En estos casos puede hacer falta un acompañamiento especial terapéutico.

-Aceptar la cólera y el deseo de venganza, aunque  no actuarla.

 Si no se reconocen esas emociones y se pudren en el interior pueden dar lugar a resentimiento y desplazarse inconscientemente hacia otras personas y circunstancias o volverla contra uno mismo (con el disfraz de la culpa y el autocastigo). Bien utilizada es una fuerza que ayuda a poner límites y a evitar el daño. Reconocerla no significa dejarse llevar por ella o actuarla, sino permitirse sentirla.  “El que se vengue deberá cavar dos tumbas” dice un viejo proverbio chino.

 Parar los gestos ofensivos es preciso, incluso a veces recurriendo a la justicia, tomando distancia del agresor y pedir ayuda .El perdón es imposible mientras siga la ofensa.

-Perdonarse a sí mismo

Es el momento más decisivo del perdón y en el que éste se bloquea en muchas ocasiones. Todos los esfuerzos por perdonar al otro se verán bloqueados si no nos perdonamos primero. Cuando estás profundamente herido, el golpe recibido habrá hecho añicos la propia imagen. Solo el humilde perdón que te otorgues restablecerá la armonía y podrá abrir el perdón al otro.

-Saberse digno de perdón y ya perdonado.

Para poder perdonar en lo hondo, es bueno haber tenido la experiencia personal de haber sido perdonado, de haber sido amado a pesar de los defectos, de las faltas.

Sin embargo podemos vivir también una resistencia a dejarnos alcanzar por la gracia del perdón. Hay personas que por su historia, no creen en la gratuidad del amor, otras que creen que sus faltas son tan enormes que nunca se podrán perdonar,  e incluso otros que lo rechazan porque se sienten humillados o rebajados. Endurecen el corazón al amor. Quien no ama y no se perdona, tampoco puede perdonar al otro.

Para ser capaz de perdonar es importante saberse digno de perdón y perdonado.

-Dejar de obstinarse en perdonar  “ a fuerza de brazos” y abrirse a la Fuente de Amor.

La obstinación de perdonar no contando más que con las propias fuerzas, sólo dice que nos seguimos buscando a nosotros mismos. Aprender a renunciar a ser el único autor de mi perdón es renunciar al deseo de suficiencia y al deseo de perfección personal. Es importante no reducir el perdón a una obligación moral.

Permitir que la brisa de la Fuente  lleve el barco, no tirar a fuerza de brazos. A veces la tarea del perdón es difícil. Descansar en este fondo amoroso puede darnos la fuerza para proseguir, o incluso concluir el proceso.

-Decidir acabar con la relación o renovarla:

No siempre el perdón es sinónimo de reconciliación. Una vez perdonada la ofensa, la persona  tiene que decidir qué va a hacer con la relación. Si la reconciliación es posible, la relación no será la misma que antes. Exige más cuidado o una aproximación diferente.

Pero también existen situaciones en las que la reconciliación no es posible aunque el perdón puede darse,  entonces decides dejarla ir.

El proceso final es el perdón posible, a veces completo y liberador y otras hasta donde la persona ha podido llegar. Tampoco se realiza en una sola fase, a veces se puede retroceder a etapas previas, porque no es un proceso gradual,  veces tras el parón de unos años, por distintas circunstancias, la persona puede estar más abierta a volver a contemplar la situación con otra mirada. A veces es posible encontrar un sentido más profundo a lo vivido y otras no.

El perdón es el resultado de un proceso más o menos largo en función de la herida, las reacciones del ofensor y los recursos del ofendido. También es un camino de apertura a nuestro Yo profundo, para que con su ayuda podamos abrirnos a la fuerza que nos permite este perdón, a veces de manera más contundente, a veces de forma sutil sintiendo cada vez menos dolor  y más libertad interior frente al otro.

No es pedir «que Dios perdone a esa persona» colocándonos como espectadores del proceso, sino que uno/a pueda abrirse a toda su verdad, atraviese el dolor, y llegue a otro lugar con la confianza de que no está sola en el camino, sino sostenida, acompañada.