Espiritualidad y mujer (I)

La espiritualidad podría ser definida como la vida interior abierta a la trascendencia, permitiendo el desarrollo integral de la persona.

Hombres y mujeres de todos los tiempos han estado abiertos a esta dimensión. Sin embargo su manera de desarrollarse  ha sido diferente y ha tenido matices particulares.

Durante el siglo pasado se intentó localizar en el cerebro humano la “experiencia de Dios”, y se estudiaron las áreas implicadas a través de resonancia funcional y otros métodos.

Sin embargo, la conciencia profunda que somos, se vive con toda nuestra corporeidad, más allá del cerebro.

Y aunque esta dimensión espiritual sea común a hombres y mujeres, nuestras diferencias biológicas, psicológicas y sociales marcan modos distintos de vivirla.

 Desde la perspectiva biológica, podríamos decir que hay diferencias entre el cerebro de los hombres y las mujeres, fruto del desarrollo neuroevolutivo y también del efecto de las hormonas en el proceso vital.

En las mujeres hay un predominio del hemisferio derecho, menos analítico que el izquierdo, lo que permite tener una visión más global y  más capacidad de realizar asociaciones. La comunicación entre ambos hemisferios está también más engrosada que en el hombre a través de las múltiples conexiones del cuerpo calloso, lo que permite una mayor integración.

 Hay  una mayor capacidad para sentir y expresar las emociones y también para reconocer los rostros y la disonancia entre lo que se dice y la expresión del que lo dice. El área de la amígala relacionada con el estrés y la respuesta agresiva se satura antes y es de menor tamaño que los hombres.

 También el efecto de las hormonas en las diferentes fases del ciclo reproductivo de las mujeres hace que a partir de los 12 años , las mujeres tengan mayor riesgo de depresión que los hombres, hasta volverse a igualar en la menopausia.

Las mujeres tienen la capacidad de albergar la vida y de cuidar de ella. A través del establecimiento de vínculos de apego con las crías mediados por una hormona llamada oxitocina, que favorece el contacto piel con piel, y que permite la expresión de unos lazos de amor que van a ser básicos para la vida de la persona.

A nivel evolutivo,  interactuando con otras madres que criaban,  desde los principios de los tiempos, se permitió establecer comunidades con otras madres para ayudarse a proteger a las crías, desarrollando la compasión y el cuidado básico como una función biológica de supervivencia.

Estas bases biológicas sobre las que nos asentamos nos ayudan a entender que como mujeres nos abrimos de una manera natural a esta dimensión espiritual con unas características propias:

–  Sabemos de ritmos y ciclos y de la capacidad de nutrir, proteger y dar vida

– Sabemos de la importancia del cuerpo como vía de acceso y expresión de lo afectivo. Las mujeres tocan, besan, dan calor, afecto y presencia con a través de él.

        – Sabemos de la necesidad de pertenencia y de la comunidad de cuidados, lo que nos hace más abiertas e inclusivas a lo diferente estando más abiertas a la red de cuidados.

    – Sabemos ser perspicaces a las disonancias entre lo que nos dicen y lo que expresan, y también nuestro mundo afectivo es amplio y con muchos matices.

Todas estas características no son signo de superioridad o de inferioridad respecto a los varones, sino nuestros rasgos específicos y originales.