Espiritualidad y mujer (II)

Si las especificidades biológicas dan matices diferentes de vivir la espiritualidad entre hombres y mujeres, desde el punto de vista social y cultural  las diferencias han sido más marcadas.

En el mundo espiritual cristiano,  en sus orígenes las mujeres tuvieron un papel muy diferente al que se les otorgó posteriormente.

Jesús en su relación con las mujeres las dignificó, las sanó, les devolvió su integridad y su pertenencia y les reveló los secretos del Reino como discípulas al igual que los varones.

 Las mujeres asimismo ayudaron a Jesús a reconocer las llamadas a su vida adulta, a iniciar su misión en las bodas de Caná, a abrir su ministerio a todos, incluidos los paganos, con la mujer cananea.

Las mujeres asimismo desde sus cuerpos vulnerados tuvieron un acceso único a Jesús: le tocaron, le ungieron, lo abrazaron, le dieron afecto…Jesús al dejarse tocar anuló los códigos sociales, religiosos y proclamó que el cuerpo de las mujeres no era impuro. (Puertas que cruzaron Jesús y las mujeres. Mariola López Villanueva).

Mujeres de luz han habitado el curso de la experiencia espiritual cristiana, María Magdalena, a la que no fue hasta entrado el siglo XX que se le devolvió su dignidad y su papel preponderante en la transmisión de la buena noticia, las mujeres de las primeras comunidades, diaconesas organizadoras y sostenedoras de la comunidad, las madres del desierto, y ya entrada la Edad Media en los siglo XII-XIII el movimiento de las beguinas, mujeres cultas, libres de lazos de servidumbre con el clero que realizaron una tarea social y cultural inmensa, y al mismo tiempo  fueron muchas de ellas místicas importantes,  hasta que esa libertad con que vivían fue percibida como un peligro por la institución religiosa y fueron perseguidas. De eso también sabía algo Teresa de Jesús. Ya entrados en el siglo XX mujeres como Etti Hillesum, Dorothy Day, Madelein Delbrel, Edith Stein, nos legaron una manera resiliente, luminosa y profunda de vivir este camino espiritual.

Sin embargo, muchas mujeres en el contexto europeo y también mundial, han vivido su religiosidad en los espacios domésticos, bajo la luz de la sospecha y han sido prisioneras del poder religioso de turno que las ha infravalorado, culpabilizado e invisibilizado.

Y si de ello hablamos en nuestro contexto occidental y dentro de la Iglesia Católica, todavía en nuestros días la participación de la mujer no termina de estar acorde a los tiempos, ya que se sigue manteniendo una visión clericalista y jerarquizada.

Pero todo ello es apenas  una sombra de lo que padecen otras mujeres en otras latitudes de mayor pobreza donde hay también una  falta de visibilidad, una reclusión en el mundo doméstico, una infravaloración e incluso una persecución por parte de religiosidades fanáticas.

Sin embargo, estas experiencias de sufrimiento, pueden dar y de hecho han  dado lugar  al descubrimiento de una resiliencia frente a la injusticia y a formas de vivir la espiritualidad de una manera renovadora, más viva.

Como las mujeres que caminaban hacia el sepulcro  portando perfumes, somos mujeres del alba en la encrucijada del tiempo.

Llamadas  a estar abiertas a nuevas manifestaciones de la vida espiritual y a una visión más comunitaria de la misma, en igualdad con los hombres, para que así la fuerza de la Vida afirme la singularidad y de dignidad de cada persona, como ser único e irrepetible.

Llamadas a generar  una espiritualidad sana y sanadora,  que ayude a curar las heridas emocionales, las heridas en las relaciones, las heridas en el cuerpo y en la sexualidad y que ayude al crecimiento integral de la persona para liberar una vida creativa conectada con la Fuente.

Y desde aquí vivir una camino de apertura, de cuidado, de resiliencia y denuncia de las injusticias.

Llamadas a vivir una alianza entre hombres y mujeres, siendo diferentes y a la vez complementarios sin vivir enfrentados, siendo fuente de crecimiento mutuo.

Y desde esta mirada de la mujer integradora,   acoger una llamada a vivir una espiritualidad de frontera, con nuevos horizontes que incluya el diálogo entre culturasel ecumenismo y una conciencia ecológica del cuidado de la creación como hogar de la humanidad.