Es difícil definir el amor. Durante mucho tiempo esta tarea se ha dejado en manos de los filósofos, los teólogos, los místicos, los poetas. Los científicos se han resistido, aunque en estos últimos años los estudios sobre la compasión y sus efectos cerebrales y emocionales han permitido asomarse a sus bases neurobiológicas.
El amor es una energía sutil y poderosa que nos construye (el niño recién nacido depende de él para su subsistencia porque venimos de una fragilidad ontológica), nos sostiene (en los vínculos) y nos trasforma (cuando somos capaces de recibirlo y de darlo de manera más madura). Decía la Madre Teresa de Calcuta que “la principal enfermedad que padece el ser humano no es la guerra o la pobreza, sino la falta de amor, la esclerosis del corazón”, por eso su falta produce importantes heridas.
Las respuestas emocionales de los cuidadores a las señales del niño constituyen la base para crear en él un estado emocional positivo que tiende a calmar su angustia y disconfort. La repetición de estas experiencias quedan codificadas en su memoria y contribuyen a que el niño desarrolle un estado interno que Bowlby denominó “una base segura” o confianza básica en el mundo. Estos serían algo así como los mimbres desde donde la persona va construyendo la calidad y la calidez de sus vínculos.
Podría decirse que el tipo de relaciones interpersonales que una persona establece durante su vida depende de la forma en que sus vínculos de apego organizan su personalidad.
Pero amar a los demás supone también aprender a amarse a sí mismo. Existe en occidente la convicción que parte del Calvinismo de que amarse a uno mismo es egoísta. Pero es la falta de amor por uno mismo la que nos vuelve egoístas, ya que buscamos en los otros lo que no podemos darnos. Las personas egoístas no pueden amar a los demás, pero tampoco a sí mismos.
Nos han enseñado a amar y cuidar a los otros, pero la idea expresada en el: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” implica que el conocimiento, el respeto y la comprensión a uno mismo es previa y no contraria al amor por cualquier otra persona.
Amarse a uno mismo implica conocerse, saber quien eres. Es un camino y una tarea. Siempre va a haber en nosotros mismos y en los demás partes oscuras que no terminaremos de conocer.
La esencia del amor es trabajar por él y hacerlo crecer . El amor y el cuidado son inseparables.
El amor también implica responsabilidad, aunque hoy día suene a carga y peso, ser responsable significa estar listo y dispuesto a responder a las necesidades del otro (físicas o emocionales) y a las propias.
También significa poner a la luz nuestros propios dones y vivir desde ellos. Es el camino por el que desplegamos el amor. Cada persona tiene una luz especial, unas capacidades. Vivir desde estas capacidades te dinamiza, te da vida. No crecemos sólo desde la curación de las heridas, sino desde el despliegue de quienes somos. El don es la manera como realizamos nuestra llamada profunda a la vida.
Amar también implica respetar al otro.Solo puedo amar trascendiendo la preocupación por mí mismo y viendo a la otra persona en su peculiaridad.
Por eso nuestro proceso de crecimiento y madurez como seres humanos pasa por un camino de madurar y crecer en nuestra forma de amar. La madurez supone aceptar mis propias limitaciones y vulnerabilidad, la trampa sino es impostar un personaje.
El amor es un anhelo que nace del interior y que busca su fuente y ser saciado. Desde la dimensión espiritual de la persona, la respuesta a este anhelo nos conduce a un camino de búsqueda y de desarrollo. Una vez tomada conciencia de su importancia, para muchas personas responder a este anhelo se torna crucial y prioritario.