Sobre el amor y el narcisismo (II)

El dar es narcisista o manipulador cuando busca crear una deuda o cuando exige de manera implícita reconocimiento o que sea devuelto.

Pero amar al otro sin tenerse en cuenta a uno mismo, también puede originar  un desequilibrio: colocarse en la posición del que siempre da sin tener cuidado de que también hay que recibir. La primera persona a la que tenemos que amar es a nosotros mismos, la única en la que somos totalmente responsables.

Cuando no nos proporcionamos lo que necesitamos para nutrirnos en todos los ámbitos de la persona, nos secamos. El cuidarnos nos permite mantener en el tiempo esta actitud de cuidado hacia los otros.

Este cuidado implica también reconocer nuestros límites en el dar, intentando no hacer más de lo que podemos hacer con paz y serenidad. De lo contrario nos colocamos de nuevo en el narcisismo y en el ideal de yo que se rige por la exigencia y no por el amor. Esto nos deja secos, resentidos, vacíos. Esta pseudogenerosidad nos desgasta. A veces este amor que se reviste de sacrificio altruista oculta en realidad la incapacidad de amarse sabiamente a uno mismo y de cuidar el propio ser.

Amar no es buscar complacer siempre. Quien complace actúa desde el miedo, desde el temor a perder al otro. Teme y espera algo del otro. Es un pseudodar desde el narcisismo. Parece que se busca la felicidad del otro, pero en el fondo el protagonista es uno mismo con los miedos o temores de fondo.

En la complacencia hay una sumisión implícita que viene de unas exigencias en torno al amor. Hago lo que no quiero en nombre del amor, y al mismo tiempo inconscientemente exijo a los demás que hagan lo que no quieren. Por ejemplo, en el cuidado de madre anciana en su casa que no quiere ser atendida más que por sus hijas. Una de las hijas se hace cargo con enorme sobreesfuerzo pero a su vez esta hija exige a los hermanos que lo hagan también, sin tener en cuenta ni su situación vital ni la de sus hermanas y lo que esto supone para ellas y sus familias.

Amar es ofrecer el espacio para que los otros puedan florecer.Por eso es imprescindible la libertad y el respeto por lo que hace o piensa aunque no lo compartamos.Libertad para que el otro se acerque o se aleje (sin recibir hostilidad o rencor) y equivale a que el otro cometa los errores que necesite cometer y aprenda de ello tratando de no emitir nuestro juicio moralizante “te lo dije…”. Esta es la tarea tan difícil en la que se ven inmersos muchos padres y educadores, acompañar y amar aún en los errores.

El dar sin esta libertad para que el otro sea lo que es se convierte en una manipulación, aunque sea desde nuestro deseo de bien ¿pero qué sabemos nosotros sobre lo que es mejor para una persona?

A veces el amor duele. Es un acto que requiere coraje. El amor no es algo blandito y edulcorado. Por eso requiere de un buen anclaje interno.

Dar es proporcionar al otro lo que necesita y valora, no lo que nosotros creemos que necesita y valoramos. Si no, no damos realmente, porque el otro no lo puede recibir.

Así a veces nos encontramos la situación de la madre que ha dado a su hija lo que ella creía que era importante o lo que se ajustaba a la hija fantaseada por ella. Y la hija no ha recibido lo que para ella era realmente significativo. Una cree que lo ha dado todo y la otra  se lamenta de no haber sido vista, de sentirse llena de frustración.

Dar lo que el otro necesita requiere comprensión, ver al otro en quien es. Desde el narcisismo no nos relacionamos con otro real, sino con su imagen del otro. En este dar no puede ofrecer lo que el otro necesita.

Y nunca hay que olvidar que no hay dar sin recibir. Amar es también dejarse amar, saber recibir, saber ser receptáculos de los dones de la vida y del genuino dar de los demás.

Quizás sea esta una fase más evolucionada del amor. Dar requiere una disposición más activa. Recibir supone una disposición más abierta, vulnerable, confiada. Requiere ser sencillos, agradecidos, que abandonemos nuestras defensas y renozcamos nuestros límites y que nos necesitamos unos a otros. Requiere soltar el afán de control. Requiere superar nuestros complejos y culpas, para dejarnos penetrar, ver , sentir, sorprender, transformar para sentirnos merecedores y dejarnos llegar los dones de la vida. Entre estos dones destaca, por su capacidad de amplificar nuestra alegría el amor sincero de los demás.