(Un camino psicológico y espiritual)
Todos hemos vivido en nuestras carnes la experiencia de habernos sentido heridos o de haber sido los causantes de las heridas a otras personas.
La experiencia del perdón, nos ha parecido en ocasiones la solución milagrosa a estas ofensas, un perdón voluntarista concedido rápidamente. Sin embargo también hemos vivido que, a pesar de nuestra buena voluntad y quizás de muchos esfuerzos no lográbamos librarnos del resentimiento, y de darle vueltas al asunto. ¿Qué es lo que nos bloquea en nuestro proceso de perdón?
Pocas realidades psicológicas y espirituales han sido tan deformadas, y sin embargo ocupan un lugar central en el camino de las personas.
Para poder aproximarnos a este proceso es necesario desenmascarar algunas falsas concepciones sobre el perdón (basadas en el libro: El perdón de J Mounbourquette)
- Perdonar no es olvidar.
El proceso del perdón requiere una buena memoria y una consciencia lúcida de la ofensa, sino sería imposible hacer el camino del perdón. El perdón no exige amnesia ya que sino eso sería una negación del daño, y la herida pasaría a nuestro inconsciente. Pero al mismo tiempo tener cuidado de que este “no olvido” no lleve a no volver a confiar y a estar “siempre en guardia”.
- Perdonar no significa negar
Cuando se recibe un golpe duro, una de las reacciones más frecuentes es acorazarse frente a la emergencia del sufrimiento y de las emociones. Esta reacción defensiva es una forma de negación de la ofensa. Pero la alquimia del perdón no podrá producir su efecto mientras la persona se siegue a reconocer la ofensa y la secuela de sufrimiento.
A veces determinadas miradas pseudoespirituales bajo la mirada del amor incondicional pueden presionar a la persona y no entrar en contacto con sus verdaderos sentimientos ( cólera, vergüenza, miedo, humillación etc)
- Perdonar requiere más que un acto de voluntad
Todos hemos vivido como alguno de nuestros padres o educadores esgrimen el perdón como una fórmula mágica para corregir todos los agravios. Sin consideración al mundo emocional, el perdón quedaba reducido a un simple acto de voluntad que resolvía los conflictos de modo instantáneo y definitivo. Es difícil escapar a ese perdón mágico de nuestra infancia, porque nos daba una falsa sensación de poder sobre el mundo de nuestras emociones. La vida nos ha devuelto a la realidad, y nos devuelve que lejos de ser un acto de voluntad, el perdón es el resultado de un proceso de aprendizaje, más o menos largo en función de la herida, las reacciones del ofensor y los recursos del ofendido.
La voluntad es importante, pero no hace el trabajo sola.
- Perdonar no puede ser una obligación
El perdón o es libre o no existe. Reducir el perdón a una obligación moral es contraproducente, porque al hacerlo pierde su carácter gratuito y espontáneo.
- Perdonar no significa sentirse como antes de la ofensa
Con frecuencia se confunde perdón y reconciliación. Como si el acto de perdonar consistiese en restablecer unas relaciones idénticas a las que teníamos antes de la ofensa. El perdón en sí mismo puede tener su razón de ser sin que exista una reconciliación. Por ejemplo podemos llegar a perdonar a una persona ausente, muerta o incluso con la que no tenemos ya contacto. A veces es necesario alejarse del agresor (violencia, abusos…) ¿Puede ser una taza rota y pegada de nuevo la misma taza? A veces se restablece la relación desde la mentira, o bien se aprovecha el conflicto para revisar la calidad de la relación y reanudarla sobre otras bases más sólidas.
- Perdonar no exige renunciar a nuestros derechos
La justicia se ocupa de restablecer sobre una base objetiva los derechos de la persona perjudicada, pero el perdón responde a un acto de benevolencia gratuito. Esto no significa que al perdonar se renuncie a la aplicación de la justicia. El perdón que no combate las situaciones injustas, puede ocultar inconscientemente emociones de miedo, de vergüenza que no han salido a la luz.
- Perdonar al otro no significa disculparle
“Le perdono, no es culpa suya”. A través de descargar al otro de cualquier responsabilidad puede haber una maniobra camuflada de esconder el sufrimiento. Pensar que el ofensor no es responsable es menos doloroso que saber que ha hecho el daño con plena conciencia y libertad . También lo infravalora que es otra manera de colocarse por encima y evitar el dolor.
- Perdonar no es una demostración de superioridad moral
Algunos “perdonadores” humillan más que liberan. De fondo hay bajo una apariencia de magnanimidad un instinto de poder. Y quizás más allá intenta protegerse y ocultar su vergüenza, o su humillación. El verdadero perdón tiene lugar en la humildad u abre el camino hacia una revisión de la relación. El falso perdón solo sirve para mantener una relación dominante-dominado.
- Perdonar no consiste en traspasarle la responsabilidad a Otro superior.
“Si alguien me ofende, me apresuro a pedir a Dios que le perdone. Así no tengo que dejarme torturar por la pena, la cólera, el resentimiento o la humillación”. Este modo es otra vía de escape inconsciente para no convivir con esas emociones. En lugar de asumir la vivencia, por penosa que sea se la traspasa a Dios., sea cual sea la imagen que tiene la persona del Dios.
El abandono poco a poco de la concepción mágica o voluntarista del perdón concedido como una obligación a fuerza de voluntad, nos va haciendo más conscientes de que no perdona quien quiere sino quien puede.
El perdón sigue las leyes del desarrollo humano y se adapta a las fases de maduración de la persona.
El perdón lejos de ser una manifestación de poder, es un gesto de fuerza interior desde la que se reconoce y acepta la propia vulnerabilidad.