Sobre la carencia, la envidia y el anhelo de totalidad

Los primeros años de nuestra vida estuvieron marcados por las necesidades, de reconocimiento, de seguridad básica y de autonomía.

El niño al nacer llega a un mundo caótico para él y cargado de angustias que deben ser calmadas. Al principio no distingue entre sí mismo y la madre. Hay unos fuertes sentimientos de fusión y de omnipotencia.  Según la psicología profunda (Melany Klein) para el niño la madre  al principio es un pecho que le calma y le sacia de sus necesidades (hambre) y de sus ansiedades. Pero también es alguien que se aleja y le frustra. 

Si el niño ha  vivido un apego seguro, con confianza e intimidad con la figura materna, se calman estas ansiedades primitivas   y en el curso de la vida se podrán integrar las experiencias de frustración y de dolor con mayor solidez.

Pero si estas necesidades no han sido suficientemente cubiertas, y el niño ha vivido un apego inseguro o incluso rechazo se produce la construcción de una autoimagen pobre con vergüenza de sí, culpabilidad, hipersensibilidad a la crítica, ilusión de perfeccionismo y control, sentimientos de indignidad para ser amado, deseos excesivos de ser complaciente….

Y de esta autoimagen negativa surge la comparación y la envidia.

El concepto de sentimiento de inferioridad procede de Adler, y lo relacionó inicialmente con una experiencia infantil de defecto, minusvalía o rechazo. Nos compararnos con los otros y compensamos la falta a base de buscar aquello que creemos que nos falta fuera de nosotros. (poder, prestigio, pertenencia…).

 La envidia parte de un sentimiento de comparación e infravaloración unido al deseo de apoderarse de lo que el otro tiene.

La  envidia es un sentimiento frecuente:¿Por qué apenas se habla de ella y no se reconoce su existencia?

Algunas personas la sienten como algo ocasional y pasajero y a otras les consume la envidia viviendo una vida atormentada.

En el niño es común. Ve al hermanito con un juguete que le han regalado los padres y a él el suyo le parece más feo y se lo quita y lo rompe. El deseo es que el otro no goce con lo que tiene. La educación y los padres pueden  modulan esta emoción si la saben señalar sin juicio. «Esta bien desear, pero no puedo tomar todo lo que quiero». El sistema de valores y la norma regulan este impulso agresivo. Y también el deseo de ser queridos por los padres.

Sin embargo que se regule no quiere decir que desaparezca. La envidia nos afecta a todos a pesar de nuestras mejores intenciones y deseos de superarla.  Y es una emoción que es de las más difíciles de identificar e integrar y la llevamos a nuestra sombra. Quizás porque tendemos a esconder el lado oscuro de nuestra personalidad, especialmente los aspectos que nos hacen sentir mezquinos o avergonzados.

La envidia actuada nos lleva a la murmuración, a la difamación al daño del otro. A la rivalidad e incluso la alegría del mal ajeno, al resentimiento y a actuar desde allí.

O a mecanismos más inconscientes como:

– idealizar al otro como una manera de atemperar la envidia

devaluar al otro, restándole valor. Minimizar lo que no hemos sido capaces de obtener.

-Devaluarse, negarse a competir para no quedar expuesto a la envidia de los otros.

-Acaparar para ser más que los otros….

-Crítica destructiva. Desacreditar la reputación de otros…

Incapacidad de expresar gratitud a los otros.

Despertar la envidia en los otros…para no sentir la propia.

La envidia inconsciente suele estar en el corazón de los conflictos grupales y envenena la vida de un grupo, de una  comunidad, de un colectivo….

Ya vemos que la represión no lleva a que desaparezca  y alimentarla envenena a la persona. 

 En ocasiones forma parte de la patología grave de adultos que desean y no tienen límites (narcisismo patológico, personalidad antisocial)…

¿Qué puede ayudar  a reconocerla y afrontarla?

-En primer lugar hacernos conscientes de nuestra envidia. Darnos cuenta de nuestras proyecciones (quien nos la despierta y porqué), y acogerla como una emoción humana.

Aceptar nuestra limitación. Ser realistas y saber que siempre habrá quien me supere.

Intentar desmontar el juego de la comparación. Reapropiarme de mis cualidades y potencias. Eso que me hace ser quien soy.

Verse a sí mismo digno de amor, con las luces y las sombras. Cuando hay algo que no nos gusta nos criticamos, nos aislamos, nos exigimos.  Ir hacia el origen de nuestra autoimagen negativa e ir desarrollando una mirada más amable y compasiva sobre nosotros mismos.

Apropiarnos de lo que deseamos. A veces la envida es un encubrimiento de nuestro propio deseo que no nos atrevemos a coger.  Los dones en los otros que la despiertan quizás tengan que ver con mi sombra positiva proyectada.

Vivir gratitud por lo que ya existe en mi vida. La gratitud es el antídoto de la envidia. Descubre tu particularidad  y el derecho a vivir la vida desde tu propia originalidad.

Y si somos focos de envidia de los otros no empequeñecernos ni acotarnos, siendo respetuoso con el otro, pero no dejando de ser quien somos. Al envidioso no lo vamos a ganar con nuestras obras buenas (el quiere apropiarse de lo mío), por lo tanto tampoco intentar compensarlo.

No hay una sanación mágica, pero aceptar nuestra vulnerabilidad con un corazón apaciguado es el camino hacia la integración.

A pesar de que cada brote de envidia tiene su mensaje, la envidia es en esencia un anhelo de desesperado de alcanzar la plenitud del amor. Poder amar y sentirnos amados incondicionalmente.