Aunque vivir un acontecimiento doloroso o traumático, es una de las tareas más duras a las que tenemos que enfrentarnos como seres humanos, estas situaciones suponen también momentos que permiten conocernos mejor, quizás ver nuestra vida de otra manera y reajustar nuestro sistema de valores.
La aproximación tradicional de la psicología o la psiquiatría se ha focalizado en los efectos negativos de la experiencia traumática en la persona, asumiendo que potencialmente todas las personas expuestas a un trauma desarrollarían algún tipo de patología ( trastorno de estrés postraumático, depresión…). Esto ha llevado a un sesgo al asumir una visión pesimista de la naturaleza humana
Boris Cyrulnik, neurólogo, psiquiatra, psicoanalista francés divulgó el concepto de resiliencia que extrajo de los escritos de Bolwby, autor que describió la teoría del apego en edades tempranas.
El origen de los estudios sobre relisiencia se remonta a la observación de como personas con situaciones adversas eran capaces de salir adelante. Frente a la creencia tradicional de que una acontecimiento vital traumático (infancia infeliz, abusos…) determina el desarrollo posterior de formas de patología en la juventud y adultez, estos estudios demostraron que un niño herido no está necesariamente condenado a ser un adulto fracasado o con psicopatología. Bolwy describió la resiliencia como la capacidad de los seres humanos para superar periodos de dolor emocional y situaciones adversas saliendo fortalecidos de ellas.
La idea de cambio positivo tras el enfrentamiento a la adversidad aparece también en la psicología existencial (Frankl, Maslow, Rogers, Fromm).
Aunque también es cierto que este crecimiento y modo de afrontamiento no es universal, y que no todas las personas que atraviesan una experiencia traumática encuentran un beneficio o crecimiento personal tras ella.
El concepto de resiliencia distingue dos componentes: La capacidad de proteger la propia identidad bajo presión (resistencia frente a la destrucción) y la capacidad de forjar un comportamiento vital positivo a pesar de las circunstancias difíciles.
En este sentido como dice José Carlos Bermejo, la resiliencia es un canto a la libertad, una forma de negación del determinismo y del pesimismo.
Es un proceso dinámico, en interacción con otras personas, y es susceptible de ser entrenado y reforzado a cualquier edad (Manciaux). No es algo que se tiene para siempre y en todas las circunstancias.
Y así la resiliencia es en parte innata (por nuestro temperamento y actitud) y en parte adquirida (vínculos de apego seguro en edades tempranas ayudan a tener una visión más confiada y optimista de uno mismo y de la vida) y también es el resultado del aprendizaje a través de experiencias vitales en las que hemos dado un significado nuevo a las dificultades y hemos salido reforzados.
El entorno nos influye en el modo de interpretar la crisis y también en el modo en el que somos acompañados o buscamos ayuda (un tutor de resiliencia) que nos permita expresar nuestro mundo interno mientras atravesamos la tormenta y nos de apoyo.
Una mirada del ser humano desde un enfoque global, conduce a recordar que la persona tiene una gran capacidad de adaptarse y de transformarse en el proceso.
Hablar de resiliencia no es hablar de voluntarismo ni de una decisión de negar el sufrimiento, sino de hacer un pacto ante todo con la realidad, y de no rechazar el sufrimiento que forma parte de ella. No es una conversión en positivo de lo que es negativo, ni una vacuna contra el sufrimiento, ni un estado adquirido, sino un proceso, un camino que se puede recorrer.
Para hacer este camino existen una serie de aspectos que pueden ayudar.
1. Conocer y escuchar nuestro mundo interno:
La psicología habla del ego como el «yo». Este es la conjunción de nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestra conciencia corporal, nuestra historia vital….es el que nos da una estructura personal. Nos permite sostener todo nuestro sentido de la realidad, nuestro juicio y vivencias. En el proceso evolutivo de la persona tiene que construir una conciencia del yo lo suficientemente fuerte para tener una autoestima sana y una adecuada estabilidad.
Conocer y escuchar nuestro mundo interno ayuda a regularnos y a poder discernir que necesitamos.
Tomar conciencia de nuestras emociones: miedo (a la soledad, a la muerte, a la carencia, a la enfermedad), rabia, impotencia, dolor emocional….También de nuestros pensamientos, juicios, críticas, especialmente en momentos de incertidumbre donde se pueden tambalear sistemas de creencias que nos daban seguridad…
Ayuda pararse, y desde el silencio acoger estas emociones y pensamientos sin juzgarlos.
Un ejercicio sencillo para trabajar con las emociones difíciles es nombrarlas y ubicarlas en algún lugar del cuerpo donde se sienten con mayor fuerza y darles una forma y una textura: (por ejemplo: «siento miedo y lo vivo como una bola de acero en la boca del estómago»). Y una vez ubicado llevar la inspiración de la respiración hasta esta zona, y la exhalar dejar que parte de esa emoción se disuelva con ella. Esto ayuda a no entrar en un bucle(emoción-rechazo de ella-pensamiento-intensificación de la emoción).
También pueden ser de utilidad las técnica narrativas. Llevar un pequeño diario donde reflejar lo que vivimos..
Cuidarnos conscientemente cuando nos sentimos vulnerables y frágiles, ayuda a afrontar la situación convirtiéndose en un pilar de transformación. Sobre todo evitando conscientemente actitudes como la autocrítica y el aislamiento y fomentando una mirada más compasiva sobre nuestras vidas.
2. Vivirnos desde el momento presente.
La mente a veces busca explicaciones desde la lógica a situaciones para las que no tiene una respuesta clara. Ello motiva la generación de bucles de ansiedad.
Se ha señalado la importancia de un yo sano, y a veces, en el proceso evolutivo de la persona hay que ayudar a curarlo y reforzarlo cuando ha sido herido. En el proceso del desarrollo evolutivo psico-espiritual, la persona, sin embargo empieza a reconocer que este yo es una cáscara que protege cosas más hondas y las envuelve como un vestido. Dentro de ellas se oculta el auténtico núcleo esencial de la persona que se ha dado en llamar yo profundo, Ser, Conciencia profunda, Dios…
Desde esta mirada, los pensamientos y las turbulencias emocionales, son estados pasajeros. Como nubes que pasan ( a veces nubarrones) sobre el cielo de esta Conciencia.
Las prácticas meditativas, han sido enseñadas en las diferentes tradiciones espirituales para ayudarnos en este proceso de des-identificarnos de pensamientos y emociones. Observándolos como fenómenos pasajeros, no como nuestra «verdadera» identidad.
Esta actitud vivida dentro y fuera de la sala de meditación ayuda a habitar el presente y no instalarnos en los catastrofismos futuros, ni en el dolor del pasado. Aunque esto no es siempre sencillo, lo más importante es retomar la intención y la práctica una y otra vez. Hasta que este aprendizaje se instale poco a poco en nosotros.
3. Afrontar la adversidad
El dolor aparece en determinados momentos de nuestra vida. Mientras seamos caminantes será nuestro acompañante. Resistirnos a lo que es genera una gran fuente de sufrimiento.
¿De dónde sacamos las fuerzas para dejar que las cosas sean?
El ser humano vive a caballo de dos planos (aunque en realidad no es más que uno, aunque nuestra mente dual lo divide). El plano que se guía por los sentidos , las emociones y los pensamientos. Y otro «plano» el del espíritu, nuestra dimensión espiritual.
«No estamos huecos» como decía Santa Teresa. En el centro de nuestro ser estamos habitados. Hacer pie en esta Realidad última de una manera sencilla, con confianza, nos conecta con la fuente de Vida que penetra y sostiene todas las cosas.
Y experimentamos en primera persona que somos sostenidos, abrazados, en esta vulnerabilidad con la vamos hacia lo hondo del silencio. Hace falta una actitud de confianza y entrega para poder abandonarse al Amor. Pero en ocasiones, cuando no se puede otra cosa, basta con la intención, con el gemido, con el llanto…volcado en ese espacio silencioso que nos habita.
Hacer pie en la Fuente de la Vida, ayuda a que el dolor no pueda quebrarnos, abriéndonos y descansando en ella con la esperanza de que el Amor es más fuerte que el dolor. Decía Rumi: «Si no se rompe la cáscara de la nuez, no se puede llegar al centro y a su precioso aceite».
Esto no es hacer un canto a una actitud «dolorista» de la vida, es decir una exaltación del valor del dolor como un crisol de transformación personal, sino más bien a entender que el dolor que nos toca vivir es transformado por el Amor, que el Amor sufre con nosotros y nos ayuda a superarlo y transformarlo.
4. Otras actitudes que ayudan
El sentido del humor, como una herramienta que, con respeto a nuestro sentir, ayude a desdramatizar la situación siempre que se pueda. Ayuda a hacer más liviana la vida…
Evitar la queja. Una actitud que nos coloca siempre sobre lo negativo, lo que falta….y que contribuye a crear un clima interior de negatividad.
Elegir siempre que se pueda, conscientemente, la esperanza frente al miedo, la compasión frente a la rabia, la confianza frente a la incertidumbre. Elegir conscientemente emociones contribuyan a mantener viva una esperanza realista.
5. Tener un propósito significativo en la vida.
La experiencia de nuestro propio dolor puede despertar una empatía y un sentimiento de compasión por el dolor ajeno. Esto puede manifestarse en un deseo de ayudar o acompañar a otras personas. Cada cual en la medida de sus posibilidades y su momento vital. Pequeñas intenciones y gestos son suficientes. Y la vida diaria nos da pie en muchas ocasiones a ponerlos en acción….
6. El apoyo de los otros. La red social.
Por último y no por ello menos importante, el apoyo de personas significativas es muy importante(familia, amigos, terapeutas, religiosos). La escucha con presencia es un espacio de bendición y de descanso, donde somos alimentados afectivamente. Y también nosotros podemos ser alimento para otros.
Para terminar, recogiendo un texto de José Carlos Bermejo en un breve artículo denominado «Un canto a la libertad. El sistema inmunitario.psico-espiritual»
En buena medida la resiliencia depende de arte de tender el brazo para pedir ayuda y del arte de darla, con relaciones significativas para que ayuden a retomar el camino de la vida después de un episodio doloroso.»La resiliencia es un «olé» a la vida en medio de las dificultades, un brindis a las posibilidades a veces escondidas en las personas en medio del sufrimiento.»