De la paz interior a la paz exterior

La paz que anhela el mundo no comienza en estructuras sociales ni en tratados, sino que lo hace en un terreno más silencioso: El interior de la persona.

Hablar de la paz exterior sin cuidar la interior es querer cambiar las cosas sin atender a la profundidad.

Esta paz interior, sin embargo, puede ser buscada como un refugio frente al mundo y como ausencia de conflictos y sobresaltos. Pero esto también se basa en una creencia mental, porque si algo define a la vida es el cambio.

La verdadera paz nace de nuestro Ser profundo y tiene que ver con cómo nos entregamos a la vida y a sus dificultades, a como  elaboramos los duelos y pérdidas, a como gestionamos nuestro mundo interior.

Cuando nuestro ego entra en riesgo el mundo emocional, mental y físico se agita y aparece el control como un modo de acotar la realidad. Nos sentimos en soledad y enfrentados a un mundo hostil.

Pero cuando vivimos desde nuestro Ser profundo, recordamos que somos un ser espiritual viviendo una experiencia humana, y que no estamos solos ni nunca lo estuvimos.

Por eso es importante seguir en conexión con nuestra naturaleza profunda a través de la interioridad, el silencio, la belleza, la bondad.  Desde este lugar, no cambia la realidad, pero si la manera en la que la habitamos.

La paz interior que nace de este lugar, no está construida sobre el control, la seguridad o de la  negación de la realidad, sino que brota de una confianza profunda que nos lleva a entender que no todo depende de nosotros y que podemos descansar en nuestra naturaleza esencial.

No es una llamada a la pasividad, sino a entender con todo lo que somos, que podemos dejar de sostener el mundo sobre nuestros hombros y mantenernos desde un lugar experimentado de confianza, que quizás nuestra mente no llega a comprender, pero que proporciona una vivencia  de sosiego que nos acompaña para atravesar lo que toca.

Es una llamada a un descanso interior, no sólo físico, sino “del alma”, sin la necesidad de tener que ser tan exigentes y resolutivos.

La paz nace de una entrega a lo que es,  y no es idealizada ya que no se elimina el dolor, ni tampoco la acción justa externa.

Es un camino interior, más que un estado permanente. Pero nos permite trasformar la reacción en respuesta consciente, abre la comprensión al otro, disminuye la violencia en lo cotidiano, sostiene desde la firmeza sin necesidad de agredir y crea espacios reales de encuentro.

La paz que el mundo necesita no se impone desde fuera, nace de corazones  que han aprendido a vivir poco a poco reconciliados.

Como recordaba Thich Nhat Hanh, ser paz es la forma más concreta de contribuir a la paz colectiva.