Vivir es constatar que la vida está en cambio continuo. Nada de lo que amamos, somos o conocemos permanece intacto para siempre: los vínculos cambian, las certezas se erosionan, los proyectos mutan, el cuerpo se transforma.
Desde un punto de vista psicológico esta realidad puede sentirse como una amenaza, con la sensación de que «no hay suelo bajo los pies» ya que el psiquismo humano busca estabilidad, previsibilidad y control para sentirse seguro.
La impermanencia nos confronta con la pérdida, la incertidumbre y la propia vulnerabilidad.
Muchas veces confundimos la confianza con la seguridad externa. Creemos que confiar es que nada malo nos ocurra, que lo importante no cambie. Pero esa forma de confianza es frágil porque depende de condiciones que no controlamos. Cuando la vida cambia, inevitablemente, esa confianza basada en el control y la seguridad se quiebra y aparece el miedo, la ansiedad o el repliegue emocional (endurecemos el corazón para no sufrir).
Desde un punto de vista psicológico mantener la confianza no es esperar a que todo salga bien, sino habitar lo que viene con presencia (reconociendo las emociones, los pensamientos que nos acompañan, las sensaciones de nuestro cuerpo) para acompañarnos mejor. Es bueno recordar experiencias pasadas en las que atravesamos cambios difíciles y aún así seguimos adelante, con confianza en nuestra capacidad de adaptación, de aprendizaje, de resiliencia.
Desde una perspectiva espiritual, la confianza no se basa en la forma (que siempre es transitoria) sino en el fondo (en aquello que permanece incluso cuando todo cambia).
Espiritualmente esta confianza se enraíza en una experiencia interior de que hay un orden mayor que el aparente caos y/o de haber experimentado haber sido sostenidos en las dificultades. Una vivencia a veces sutil y a veces más intensa de que en medio del caos o de dolor aparente hay un núcleo que no varía. Ese núcleo es la Consciencia, la chispa divina que habita en cada uno.
Hacer el aprendizaje de escuchar en medio del ruido, del miedo, o del dolor otra voz profunda que proviene del fondo de nuestro Ser, es parte de nuestro camino evolutivo. Y desde esta escucha comprendemos que no estamos solos, que nunca lo estuvimos, que esa chispa divina que habita en nuestro interior permanece siempre encendida aunque en determinados momentos no la podamos percibir.
En esos vaivenes de la vida a veces podemos «sintonizar» con esa Luz y en otras parece perderse en medio del ruido, pero cada regreso a esa percepción es una oportunidad para aprender que la vida puede ser vivida sin endurecer el corazón.
No endurecer el corazón supone permanecer conscientes y abiertos y permitir que lo que se pierde o cambie duela volviéndonos humildes y vulnerables. Pero al mismo tiempo mientras todo es cambiante (emociones, pensamientos, situaciones) hay una dimensión profunda en nosotros que acoge, sostiene, observa.
Esa luz interior no es una euforia o certeza permanente, es más humilde y profunda, pero es una presencia viva que permanece incluso al atravesar la oscuridad y aunque no la veamos.
Permanecer fieles a esa escucha interior y aprender a cuidarla con atención, honestidad y compasión nos ayuda a afinar la percepción. Crecemos en la capacidad de estar atentos, y abiertos al Amor, al tiempo que desde dentro de nuestro centro más hondo, este Amor nos construye, sana e incrementa la confianza.
Para aprender a no identificarnos con ese ruido emocional o esas rumiaciones mentales, basta con gesto sencillo, una respiración consciente, un paseo, una conversación. Cultivar la atención consciente a través del silencio es el camino de fondo.
En nuestro proceso vital como caminantes hay tiempos de más claridad y tiempos de penumbra, son los ritmos del alma, no hay que forzarlos, hay que escuchar nuestros límites y permitir el descanso.
Mantener la confianza en medio de la impermanencia es un acto de humildad y valentía. Humildad para entender que no controlamos la vida y valentía para seguir abriéndonos a ella aún sabiendo que casi todo puede cambiar.