En las tradiciones espirituales esta expresión describe una trasformación interna de la persona que permite vivir con mayor desapego del yo.
Es una muerte simbólica a las identidades rígidas, a la ilusión de control, a los apegos.
Muchos místicos describen este proceso como una limpieza interior, una purificación para vaciar el cuenco y que se llene de la Fuente, parafraseando a San Juan de la Cruz.
Desde la psicología profunda se habla del ego y de que el proceso madurativo de la persona es reconocer, sanar en su origen y desprenderse de estas máscaras. Desde la mística se habla de morir al yo, de desapego y vaciamiento. Son dos lenguajes, pero una misma experiencia y ambas coinciden en señalar que el yo construido por nuestra historia y nuestra mente no es el núcleo último de nuestra persona.
Sin embargo hay un riesgo de confusión en este proceso. Morir al yo no es destruirlo, sino desidentificarnos de él como centro absoluto.
Desde la mirada de la psiquiatría la disolución del yo patológica puede dar lugar a psicosis, fenómenos disociativos o alteraciones del estado de conciencia secundarias a psicotropos que pueden llevar a desorganización y sufrimiento.
Necesitamos un yo suficientemente sano para ser trascendido.
El camino de la espiritualidad consiste en descubrir ese yo verdadero, pero sólo un yo suficientemente maduro psicológicamente puede aprender a dejar de ser el centro.
Este camino de vaciamiento interior conduce a vivir la plenitud del instante presente como un lugar de encuentro con lo sagrado.
En el silencio de la contemplación, cuando la mente se aquieta y las emociones se calman, la persona deja de vivirse dividida. Cuando el corazón se abre al instante presente, el instante se abre a lo sagrado.